El gran salto

Un año afuera. Un año y dos ciudades, dos situaciones muy diferentes, dos objetivos de vida. Un año para realizarse y para realizar muchísimas cosas. Este año lo viví, plenamente, eso puedo asegurarlo. Cada momento, cada hora, cada minuto fue importante.

Todo empezó como siempre con la preparación del viaje. Fue interminable y tuve que negociar con todas las administraciones posibles de París. Con la excitación de irme tanto tiempo, sabiendo que iba a vivir algo enorme, algo del cual iba a acordarme toda mi vida, aunque no podía todavía describirlo ni sospecharlo. Con el miedo al desconocido a la víspera “del grande día”. Con la llegada al aeropuerto y los adiós con la familia. Con el vuelo durante el cual no tuve el tiempo de pensar en todo lo que iba a pasar durante los próximos meses. Y por fin el momento de descubrir mi nuevo ambiente llegó.

Pasé un año entero en España. En primer lugar me fui de prácticas en Ibiza (Eivissa) durante el verano 2015. Muchos podrían pensar que siempre iba a ser de fiesta. Por supuesto disfruté de la vida nocturna como una buena turista. No obstante allí pasé 3 meses en la recepción de un hotel familiar ubicado en un rincón ibicenco como lo llaman, precisamente en Port Des Torrent. Podía ir cada día a la playa, la cual estaba a 50 metros del hotel.

La verdadera ciudad más cerca se llamaba San Antonio (Sant Antoni Di Portamy). Acá había por supuesto más posibilidades para hacer actividades. Esta ciudad era también el reencuentro para casi todos los turistas ingleses que se van de fiesta, así que era una buena oportunidad para mí de encontrar a nueva gente y seguir practicando mi inglés.

Aprovechaba mi tiempo libre para irme en pequeñas calas en vez de las playas llenas de gente. Además, estando en Ibiza tanto tiempo no podía perderme la excursión en Formentera, otra isla ubicada al sur de Ibiza Ciudad.  Claramente, porqué trabajé con españoles que vivían en Ibiza desde hace mucho tiempo descubrí otra isla que la descrita por cada turista que se va allí para las discotecas.

ibiza

Ibiza, Atadercer.

Del miedo al orgullo

Ya había trabajado en Francia desde mis 17 años, un mes o dos meses durante el verano, pero esa vez era diferente. Iba a trabajar 3 meses en un entorno que no conocía, en un país que no conocía, y practicando cada día un idioma que conocía solamente “teóricamente” como solíamos decirlo en la universidad. Gracias a compañeras de trabajo que me acogieron de la mejor manera, pude descubrir y aprender el puesto de recepcionista con placer.

Mi adaptación se hizo naturalmente. Las primeras semanas no me atrevía en hacer muchas cosas porque me quedaba con el miedo de hacer algo malo. Prefería observar, escuchar y cada vez que mis colegas me proponían una tarea la hacía pensando que si tenían más confianza en mí que yo no podía ser malo. Por lo menos era mejor que el contrario.

Al final de estos 3 meses mi nivel en español había cambiado radicalmente, podía solucionar casi todas las pedidas de los clientes, tenía mucho más confianza y estaba lista para empezar la segunda etapa de mi viaje.

L’auberge espagnole

Cuando acabé mis prácticas volví en Francia solamente para una semana. Ya había llegado el momento de irme de ERASMUS, de nuevo en España, en Zaragoza. Esta ciudad iba a ser mi nueva casa para los próximos 9 meses.

Ahora puedo afirmar haber vivido mi propia Auberge Espagnole (película que por supuesto enseñé a mis amigos de allí). Encontré a personas de todo el mundo: muchas de Europa como de Alemania, Italia, Portugal, Reino-Unido, Bélgica, pero también de Francia (uno no se olvida nunca de sus raíces).

Zaragoza es la quinta ciudad más poblada de España pero no es la cual acude en primer lugar a la mente cuando se habla de España. Fue en parte por eso que decidí irme de ERASMUS allí. Madrid, Barcelona o también Sevilla eran ciudades fáciles de acceso desde París ya que son mucho más conocidas. Zaragoza en cambio era la escondida. Lo bueno de esta ciudad es que recibe muchos estudiantes y muchos estudiantes extranjeros; con lo cual es fácil encontrar a nueva gente. Y siendo una ciudad pequeña (comparándola con París) no hay que esperar las clases en la uni o las fiestas de ERASMUS para ver a la gente. Si uno se va en el Mercadona y no encuentra a alguien conocido mientras busca tomate frito o huevos, significa que no sale nunca de casa.

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Zaragoza, Basílica del Pilar.

Los Pilares

Por ser la quinta ciudad de España, Zaragoza tiene un turismo bastante desarrollado. El Parque Grande, la Aljafería, la CaixaForum, el museo Goya, el Arte Urbano en el barrio de las Armas, el Casco Histórico, el Tubo, el Mercado Central, la Magdalena con su famoso Juepincho, Paseo Independencia, Plaza España, el rio Ebro, el Puente de Piedra: tantos lugares dónde se pasa cada día. Sin embargo que sería Zaragoza sin su Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Los maños la tienen en su corazón. Cada año durante una semana entera a principios de octubre, tienen lugar Los Pilares, evento regional, nacional y al final internacional dado que gente de todo el mundo viene en Zaragoza para honorar la Virgen del Pilar. Contemplar todas las animaciones que se hacen yendo a la Plaza del Pilar, escuchar el discurso que introduce los Pilares el primer día, festejar toda la noche en las calles, con la aurora asistir a una procesión hasta la basílica, hacer ofrendas de flores ¡y decirse que si Zaragoza no era la primera opción pues al final fue la justa!

La aventura

Pasé entonces 9 meses en Zaragoza. Sólo volví en Francia cinco días para Navidad. Mi viaje fue entero y completo. Me fui a otras ciudades de España: Teruel (en Aragón), Madrid, Barcelona, Sevilla, Cádiz, Mérida, Valencia para sus fallas, el Monasterio de Piedra para un poco de aire, Tarazona (¡todavía no sé por qué!) Cáceres.

Si tuviera que elegir una palabra para describir estos viajes y este grande viaje en general diría: personas. Porque fueron las personas que encontré allí o allá las cuales hicieron individualmente que yo pudiera vivir una experiencia tan fuerte. Aprendí que cada problema tiene una solución. Aprendí que no se puede comer la pasta con un cuchillo frente a italianos (peor: intentar ofrecerles un cuchillo). Me di cuenta de que con todos los esfuerzos del mundo nunca podré hablar bien portugués y menos alemán, y lo acepté. Aprendí que no importa el lugar dónde vives sino la gente con la cual vives. Aprendí a apreciar aun más lo que ofrece mi país cuando se trata de Gastronomía (todavía busco la de España). Una cena, una fiesta, una peli, un viaje; cada momento tenía su razón de ser.

La vida real no espera

Mi vuelta a Francia fue un poco rara. Las primeras semanas no me hice muchas preguntas sobre el futuro. El reencuentro con los amigos, el verano y la alegría que no me había quitado durante un año hicieron que todo pasó tranquilamente. El más difícil es ahora. Decirse que este periodo ya se acabó y que no hay ninguna manera de volver a vivirlo porque fue una experiencia única. Sé que muchas cosas bonitas me esperan y que encontraré de nuevo a gente maravillosa pero la nostalgia se queda presente por supuesto. Dicen que el ERASMUS es un año en una vida. No es verdad. Es una vida en año.

Laura MÉTÉNIER

P.S: ¡A todos los que se van de ERASMUS y que no saben qué hacer después o que tienen miedo de la vuelta a casa, qué hagan un Máster Europeo como el nuestro! El ambiente internacional se siente verdaderamente.

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